jueves, 4 de diciembre de 2008

Txoriak txori

Hegoak ebaki banizkio
nerea izango zen,
ez zuen aldegingo.
Bainan, honela
ez zen gehiago txoria izango
eta nik...
txoria nuen maite.

martes, 2 de diciembre de 2008

Huesos de liebre




Una noche en el invierno, nevó bastante y sopló el furioso viento. Un lobo estuvo andando lentamente en las dichas situaciones del tiempo; asimismo, tuvo muchísima hambre y sólo pudo salir afuera a buscar algo para comer. Después de caminar mucho tiempo, no hubo encontrado nada y nada. Lo que sintió él no sólo fue el hambre sino también el frío. Así pues, casi no pudo sostenerse
más.
En ese momento, vio, de repente, una casita de madera a lo lejos. Por la ventana, iluminó la luz calentita y el lobo pasó reptando difícilmente. Luego, se cayó delante de la puerta de la casita de madera. Y de hecho, ésta era de la libere. En ese momento, la liebre ya hubo comido la cena, y se sentó descansando en el sillón. En la chimenea que estuvo al lado, se estaba quemando el fuego furioso. Toda la casita se quedó calentita como si hubiera estado en la primavera. ¡Qué cómodo pudo sentirse!
La liebre oyó un ruido de algo que se cayó en el suelo. Se levantó a verlo. Cuando descubrió que fue un lobo, se asustó bastante, y cerró la puerta enseguida. La libre se escondió tras la puerta temblando sin parar. Además, reconoció que este lobo justamente fue el enemigo que había comido a su hijo. Fue una noche muy entrada del verano hace unos años. El hijo de la liebre, cuando durmió, olvidó a cerrar bien la ventana. Entonces, a media noche, el lobo entró en la casita a hurtadillas, y se lo llevó. Cuando la liebre llegó, ya no pudo encontrar ningún vestigio de su hijo. Ahora, el enemigo que mató a su hijo se está acostando fuera de la puerta.
La liebre pensó en su corazón: —Afuera está haciendo el viento sin parar. Además, reconoció que este lobo justamente fuerte y nevando bastante. Así que, con sólo muy poco tiempo, se va a morir congelado. La liebre le agradeció silenciosamente a Dios que le ayudara a vengarse.
Ella caminó hacia la ventana y vio al lobo que estuvo acostado en el suelo y ya se hubo desvanecido. La furiosa nieve estuvo cayendo, sin parar, encima de su cuerpo. Entonces, la liebre se sintió, de repente, un poco apenada. Pero, ella se dijo a sí misma enseguida:
Esta vez fue que el Cielo lo vengó por mí. ¿Cómo podría yo ponerme simpática con él? Entonces, se fue a dormir inmediatamente en la cama. Mientras que, no podía dormirse nada. Siempre estaba preocupada por el lobo que estuvo caído en la nieve. Entonces, volvió a levantarse y llegó al lado de la ventana; se quedó allá viendo hacia fuera. En ese momento, todavía estuvo nevando más y más. Casi habría cubierto todo el cuerpo del lobo. Lo vio la liebre y se sintió muy triste. Al final, no pudo aguantar más, y a continuación, se decidió a abrir la puerta y salió andando a arrastrar al lobo; luego, lo llevó a su casa.
La liebre dejó al lobo dormir en su propia cama. También lo calentó y le hizo comida. Bajo el cuidado delicado de la liebre, poco tiempo después, el lobo se despertó.
—¿Dónde me encuentro? ¡Qué bonito! Y ¡qué calentito!
—Te mareaste y te caíste a la puerta de mi casa. Fui yo que te salvé y te traje aquí.
—Ya tengo mucha hambre.
—Bueno, te he preparado bien la comida. ¡Cómela rápido!
El lobo tenía demasiada hambre. La comida que le dio la liebre, ya se terminó de comer absolutamente en un rato.
—Todavía no estoy lleno. Quiero comer más.
—Como está haciendo tanto frío, no mantengo mucha comida en depósito. Aguántate un rato. Voy a cocinar algo más para ti.
Entonces, la liebre cocinó toda su comida en depósito para el lobo. Sin embargo, éste aún no se sintió nada satisfecho.
—Liebre del buen corazón, me estoy temblando de hambre. Todavía tengo muchas ganas de comer algo más.
—Lo siento bastante. Ya no tengo nada más para ti. Como hace tanto frío, no será muy fácil encontrar más comida.
—Pero, de hecho, todavía tengo muchísima hambre. Pues, la carne de tu cuerpo huele muy rica. Liebre del buen corazón, sé buena gente para siempre. Y déjame comerte.
La liebre se asustó y se fue huyendo inmediatamente. Pero, el lobo saltó a la puerta y la agarró. Se la comió mordiendo cruelmente. Dentro de medio día, en la casita de liebre, además del lobo, sólo se quedaron los huesos de la dicha pobre liebre por todo el suelo.

lunes, 1 de diciembre de 2008

Un día fuimos pájaros

Cuenta una antigua leyenda que antaño los Gitanos eran pájaros. Un día, en pleno vuelo sobre la tierra, divisaron un palacio dorado brillando al sol y bajaron para verlo mejor. El palacio estaba habitado por pavos, gallinas y patos que, maravillados por la belleza de los gitanos-pájaros, empezaron a regalarles todo tipo de joyas y golosinas, suplicándoles que no se marcharan. Pronto todos los pájaros estaban cubiertos de cadenas de oro, de pies a cabeza. Tan sólo un pájaro resistió a la tentación de tantas riquezas, incitando a los demás a que retomaran el vuelo. Pero, nadie le escuchó. Entonces, con el corazón pesaroso, se elevó en el aire y se lanzó a las piedras desde lo alto de los cielos. Solamente en ese momento los gitanos-pájaros despertaron de su entorpecimiento y empezaron a batir las alas. Pero el oro los tiraba hacia abajo y no lograban despegar del suelo. Los pavos, las gallinas y los patos cantaron victoria. Mantendrían para siempre aquellos bellos pájaros encerrados en jaulas de oro. De repente, una pequeña pluma roja se deslizó hacia el interior del palacio y aterrizó a los pies de los pájaros. El oro se cayó de sus cuerpos, pero sus alas ya no les obedecían y no lograron levantar vuelo. La pequeña pluma roja, suavemente llevada por el viento, salió del palacio y empezó a errar por los caminos polvorientos. Los gitanos la siguieron y fueron perdiendo sus plumas una por una, transformándose así en humanos. Con cuerpo de hombre y alma de pájaro, se olvidaron para siempre de cómo volar.

jueves, 27 de noviembre de 2008

Skaska


Hoy ha estado con nosotros SKASKA
Nos ha contado cuentos con malabares ,marionetas, juegos y mas......

martes, 25 de noviembre de 2008

Antiguo consejo chino

Había una vez un campesino chino, pobre pero sabio, que trabajaba la tierra duramente con su hijo. Un día el hijo le dijo:
- ¡Padre, qué desgracia! Se nos ha ido el caballo!
- ¿Por qué le llamas desgracia? - respondió el padre -¡Veamos que trae el tiempo!
A los pocos días el caballo regresó, acompañado de una yegua.
-¡Padre, qué suerte! -exclamó esta vez el muchacho -Nuestro caballo ha traído una yegua.
- ¿Por qué le llamas suerte? - repuso el padre – Veamos qué nos trae el tiempo.
En unos cuantos días más, el muchacho quiso montar la yegua, y ésta, no acostumbrada al jinete, se encabritó y lo arrojó al suelo. El muchacho se quebró una pierna.
- ¡Padre, qué desgracia! - exclamó ahora el muchacho-.¡Me he quebrado la pierna!
Y el padre, retomando su experiencia y sabiduría, sentenció:
- ¿Por qué le llamas desgracia? ¡Veamos lo que trae el tiempo!
El muchacho no se convencía sino que gimoteaba en su cama.
Pocos días después pasaron por la aldea los enviados del rey para movilizar a los jóvenes y llevárselos a la guerra. Vinieron a la casa del anciano, pero como vieron al joven con su pierna entablillada, lo dejaron y siguieron de largo. Al poco tiempo estalló la guerra y la mayor parte de los jóvenes murieron en el campo de batalla y solo se salvó el joven campesino debido a su cojera.
El joven comprendió entonces que nunca hay que dar ni la desgracia ni la fortuna como absolutas, sino que siempre hay que darle tiempo al tiempo, para ver si algo es malo o bueno.La moraleja de este antiguo consejo chino es que la vida da tantas vueltas, y es tan paradójico su desarrollo, que lo malo se hace bueno, y lo bueno, malo

lunes, 24 de noviembre de 2008

La niña lista



Dos hermanos marchaban juntos por el mismo camino. Uno de ellos era pobre y montaba una yegua; el otro, que era rico, iba montado sobre un caballo.
Se pararon para pasar la noche en una posada y dejaron sus monturas en el corral. Mientras todos dormían, la yegua del pobre tuvo un potro, que rodó hasta debajo del carro del rico. Por la mañana el rico despertó a su hermano, diciéndole:
-Levántate y mira. Mi carro ha tenido un potro.
El pobre se levantó, y al ver lo ocurrido exclamó:
-Eso no puede ser. ¿Dónde se ha visto que de un carro pueda nacer un potro? El potro es de mi yegua.
El rico le repuso:
-Si lo hubiese parido tu yegua, estaría a su lado y no debajo de mi carro.
Así discutieron largo tiempo y al fin se dirigieron al tribunal. El rico sobornaba a los jueces dándoles dinero, y el pobre se apoyaba solamente en la razón y en la justicia de su causa.
Tanto se enredó el pleito, que llegaron hasta el mismo zar, quien mandó llamar a los dos hermanos y les propuso cuatro enigmas:
-¿Qué es en el mundo lo más fuerte y rápido?
-¿Qué es lo más gordo y nutritivo?
-¿Qué es lo más blando y suave?
-¿Qué es lo más agradable?
Y les dio tres días de plazo para acertar las respuestas, añadiendo:
-El cuarto día vengan a darme la contestación.
El rico reflexionó un poco y, acordándose de su comadre, se dirigió a su casa para pedirle consejo. Ésta le hizo sentar a la mesa, convidándolo a comer, y, entretanto, le preguntó:
-¿Por qué estás tan preocupado, compadre?
-Porque el zar me ha dado para resolver cuatro enigmas un plazo de tres días.
-¿Y qué enigmas son?
-El primero, qué es en el mundo lo más fuerte y rápido.
-¡Vaya un enigma! Mi marido tiene una yegua torda que no hay nada más rápido; sin castigarla con el látigo alcanza a las mismas liebres.
-El segundo enigma es: ¿Qué es lo más gordo y nutritivo?
-Nosotros tenemos un cerdo al que estamos cebando hace ya dos años, y se ha puesto tan gordo que no puede tenerse de pie.
-El tercer enigma es: ¿Qué es lo más blando y suave?
-Claro que el lecho de plumas. ¿Qué puede haber más blando y suave?
-El último enigma es el siguiente: ¿Qué es lo más agradable?
-¡Lo más agradable es mi nieto Ivanuchka!
-Muchas gracias, comadre. Me has sacado de un gran apuro; nunca olvidaré tu amabilidad.
Entretanto el hermano pobre se fue a su casa vertiendo amargas lágrimas. Salió a su encuentro su hija, una niña de siete años, y le preguntó:
-¿Por qué suspiras tanto y lloras con tal desconsuelo, querido padre?
-¿Cómo quieres que no llore cuando el zar me ha propuesto cuatro enigmas que ni siquiera en toda mi vida podría adivinar y debo contestarle dentro de tres días?
-Dime cuáles son.
-Pues son los siguientes, hijita mía: ¿Qué es en el mundo lo más fuerte y rápido? ¿Qué es lo más gordo y nutritivo? ¿Qué lo más blando y suave? ¿Qué lo más agradable?
-Tranquilízate, padre. Ve a ver al zar y dile: «Lo más fuerte y rápido es el viento. Lo más gordo y nutritivo, la tierra, pues alimenta a todo lo que nace y vive. Lo más blando, la mano: el hombre, al acostarse, siempre la pone debajo de la cabeza a pesar de toda la blandura del lecho; y ¿qué cosa hay más agradable que el sueño?»
Los dos hermanos se presentaron ante el zar, y éste, después de haberlos escuchado, preguntó al pobre:
-¿Has resuelto tú mismo los enigmas o te ha dicho alguien las respuestas?
El pobre contestó:
-Majestad, tengo una niña de siete años que es la que me ha dicho la solución de tus enigmas.
-Si tu hija es tan lista, dale este hilo de seda para que me teja una toalla con dibujos para mañana.
El campesino tomó el hilo de seda y volvió a su casa más triste que antes.
-¡Dios mío, qué desgracia! -dijo a la niña-. El zar ha ordenado que le tejas de este hilo una toalla.
-No te apures, padre -le contestó la chica.
Sacó una astilla del palo de la escoba y se la dio a su padre, diciéndole:
-Ve a palacio y dile al zar que busque un carpintero que de esta varita me haga un telar para tejer la toalla.
El campesino llevó la astilla al zar, repitiéndole las palabras de su hija. El zar le dio ciento cincuenta huevos, añadiendo:
-Dale estos huevos a tu hija para que los empolle y me traiga mañana ciento cincuenta pollos.
El campesino volvió a su casa muy apurado.
-¡Oh, hijita! Hemos salido de un apuro para entrar en otro.
-No te entristezcas, padre -dijo la niña.
Tomó los huevos y se los guardó para comérselos, y al padre lo envió otra vez al palacio:
-Di al zar que para alimentar a los pollos necesito tener mijo de un día; hay, pues, que labrar el campo, sembrar el mijo, recogerlo y trillarlo, y todo esto debe ser hecho en un solo día, porque los pollos no podrán comer otro mijo.
El zar escuchó con atención la respuesta y dijo al campesino:
-Ya que tu hija es tan lista, dile que se presente aquí; pero que no venga ni a pie ni a caballo, ni desnuda ni vestida; sin traerme regalo, pero tampoco con las manos vacías.
«Esta vez -pensó el campesino- mi hija no podrá resolver tantas dificultades. Llegó la hora de nuestra perdición.»
-No te apures, padre -le dijo su hija cuando llegó a casa y le contó lo sucedido-. Busca un cazador, cómprale una liebre y una codorniz vivas y tráemelas aquí.
El padre salió, compró una liebre y una codorniz y las llevó a su casa.
Al día siguiente, por la mañana, la niña se desnudó, se cubrió el cuerpo con una red, tomó en la mano la codorniz, se sentó en el lomo de la liebre y se dirigió al palacio.
El zar salió a su encuentro a la puerta y la niña lo saludó, diciendo:
-¡Aquí tienes, señor, mi regalo!
Y le presentó la codorniz. El zar alargó la mano; pero en el momento de ir a cogerla echó a volar aquélla.
-Está bien -dijo el zar-. Lo has hecho todo según te había ordenado. Dime ahora: tu padre es pobre, ¿cómo viven y con qué se alimentan?
-Mi padre pesca en la arena de la orilla del mar, sin poner cebo, y yo recojo los peces en mi falda y hago sopa con ellos.
-¡Qué tonta eres! ¿Dónde has visto que los peces vivan en la arena de la orilla? Los peces están en el agua.
-¿Crees que eres más listo tú? ¿Dónde has visto que de un carro pudiera nacer un potro?
-Tienes razón -dijo el zar, y adjudicó el potro al pobre.
En cuanto a la niña, la hizo educar en su palacio, y cuando fue mayor se casó con ella, haciéndola zarina.


Alekandr Nikoalevich Afanasiev

viernes, 21 de noviembre de 2008

Cuento popular gitano

Hace mucho tiempo había una mujer alta, guapa de cabellos largos y oscuros, que vivía sola y muy triste en el mundo. Se puso a pensar la manera de paliar su situación. Tanto pensó que una idea se le ocurrió.
Cogió una montaña de arena y un gran río de agua, los unió y los mezcló. De la mezcla resultó barro. Fabricó figuritas con cabeza, dos brazos, dos piernas, pies... Hizo millones y millones de figuritas. Las llevó a una gran cocina en cuyo interior tenía un horno mágico. Metió las figuritas dentro y esperó.
No esperó demasiado porque estaba muy impaciente. Abrió la puerta y las figuritas salieron. Estas aprendieron a andar, escribir... poco a poco. Y como habían estado tan poco tiempo en el horno, sus caritas y cuerpos eran pálidos. Así nacieron las personas, hombres y mujeres de raza blanca.
La mujer morena estaba muy contenta e ilusionada, y de nuevo volvió hacer la misma tarea.
Cogió una montaña de arena y un gran río de agua y los mezcló. Con la mezcla resultante hizo millones y millones de figuritas con cabeza, dos piernas, dos brazos... las metió en su horno mágico y esperó.
Durante la espera se distrajo con un bello pájaro multicolor que pasaba delante de su ventanal. Tanto esperó, que las figuritas pasaron mucho tiempo dentro del horno. Al abrirlo salieron todas ellas. Igualmente aprendieron a escribir, pensar, sumar... poco a poco. Como estuvieron mucho tiempo salieron muy oscuras. De esta forma nacieron las personas, hombres y mujeres de raza negra.
La mujer estaba ya muy contenta porque tenía ya personas, pero lo intentó una vez más; mezcló el gran río y la montaña de arena, y con el barro resultante nuevamente modeló figuritas iguales a las anteriores, con dos piernas, cabeza, dos brazos... las metió en el horno y esperó.
Mientras esperaba se inventó una máquina para poder medir el tiempo. Con esto sabía en que momento estarían listas. Cuando llegó el momento, abrió el horno y salieron.
De la misma forma aprendieron a escribir, sumar, multiplicar, leer... poco a poco.
Estas figuritas no salieron ni con la piel negra, ni con la piel blanca, sino ligeramente tostados y morenitos. Así salieron los hombres y mujeres de raza gitana.
REFLEXIÓN:
Todas las personas blancas, negras, amarillas, gitanos, hindúes, ecuatorianos... estamos hechos de la misma manera:
con un río entero de agua
con una gran montaña de arena
y un horno mágico.

Contado por Sebastián Porras.